Por las Palabras de Jesús

 

De todos los maestros enviados por Dios para revelar Su voluntad, ninguno declara de manera más frecuente la divina soberanía que nuestro mismo bendito Señor. Él habla de aquellos que el Padre le había «dado» (Jn 17:2). A estos Él les da vida eterna (Jn 17:2,24). Es por esos que ora; por ellos que se santificó (Jn 17: 19). De ellos dice Él que es la voluntad del Padre que no se pierda ninguno, sino que los resucite en el día postrero (Jn 6:39). Por ello, están en perfecta seguridad. «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre» (Jn 10:27-29). Así como las ovejas de Cristo son escogidas de entre el mundo y le son dadas, es Dios quien escoge. Ellas no le escogen a Él, sino Él a ellas. Nadie puede ser añadido al número de ellas, y este número será ciertamente completado. «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, de ningún modo le echaré fuera» (Jn 6:37). «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no le atrae; y yo le resucitaré en el último día» (Jn 6:44). «Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí» (v. 45). «Nadie puede venir a mí, si no le ha sido dado del Padre» (v. 65). 

 

A Dios pertenece quién vaya a ser traído al conocimiento salvador de Ia verdad. «A vosotros os ha sido dado conocer los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les ha sido dado» (Mt 13: 11). «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las revelaste a los niños» (Mt 11:25). En Hch 13:48 se dice: «y creyeron todos cuantos estaban destinados a vida eterna». Así, las Escrituras dicen que el arrepentimiento, la fe y la renovación del Espíritu Santo son dones de Dios. Cristo fue exaltado a la diestra de Dios para dar arrepentimiento y perdón de pecados. Pero si la fe y el arrepentimiento son dones de Dios, tienen que ser resultado de la elección. Es imposible que sean su motivo. ... Parece imposible resistirse a la conclusión de que la doctrina de Agustín es la doctrina de la Biblia. Según esta doctrina, Dios es absolutamente soberano. Hace lo que le parece bien a Sus ojos. Envía la verdad a una nación y no a otra. Le da un poder salvador a aquella verdad en una mente, y no en otra. Es de Él, y no de nosotros, que cualquier hombre está en Cristo Jesús, y que es heredero de la vida eterna. Esto, como se ha visto, se declara en términos expresos, con gran frecuencia y claridad en las Escrituras. Es sustentado por todos los hechos de la providencia y de la revelación. No le atribuye a Dios nada sino lo que está demostrado, por medio de su real gobierno del mundo, como siendo su prerrogativa de derecho. Sólo enseña que Dios se propone aquello que vemos con nuestros propios ojos que Él hace verdaderamente, y que siempre ha hecho, en las dispensaciones de Su providencia. Por ello, el oponente consecuente de esta doctrina tiene que rechazar incluso las verdades de la religión natural. Por cuanto el Agustinianismo concuerda con los hechos de la providencia, concuerda naturalmente con los hechos de la Escritura. 

 

La Escritura declara que la salvación de los pecadores es una cuestión de gracia; y que el gran designio de todo el esquema de la redención es exhibir la gloria de aquel atributo divino, -exhibir ante la admiración del universo inteligente, y para su edificación, el inmerecido amor de Dios y Su ilimitada beneficiencia para con unas criaturas culpables y contaminadas. Por éllo, los hombres quedan descritos como hundidos en estado de pecado y de miseria; no se pueden liberar a sí mismos de este estado; para la redención de ellos, Dios envió a Su Hijo eterno para que asumiera la naturaleza de ellos, obedeciera, y sufriera en lugar de ellos; y a Su Espíritu Santo para que aplicara la redención adquirida por el Hijo. La introducción del elemento de mérito en ninguna parte de este esquema vicia su naturaleza y frustra sus designios. A no ser que nuestra salvación sea de gracia de comienzo a fin, no  es una exhibición de gracia. La Biblia, sin embargo, nos enseña que fue por gracia que se hizo la provisión de la salvación; que fue revelada a una nación, y no a otra; y que fue aplicada a una persona y no a otra. Enseña que toda bondad del hombre se debe a la naturaleza del Espíritu Santo, y que todas las bendiciones espirituales son el fruto de la elección; que somos escogidos para santidad, y creados para buenas obras, por cuanto estamos predestinados para ser hijos de Dios. Con estos hechos de la Escritura concuerda la experiencia de los cristianos. Es la íntima convicción de cada creyente, basada en el testimonio de su propia consciencia, así como sobre el de las Escrituras, que su salvación proviene de Dios; que es de Él, y no de sí mismo, que ha sido llevado a ejercer fe y arrepentimiento. En tanto que mire en su interior, el creyente está satisfecho acerca de la veracidad de estas doctrinas. Es sólo cuando mira fuera, e intenta conciliar estas verdades con los dictados de su propio entendimiento, que se queda confundido y se vuelve escéptico. Pero por cuanto nuestra fe no está basada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios, como la insensatez de Dios es más sabia que los hombres, lo sabio, así como nuestro camino de deber y de seguridad, es recibir como verdadero lo que Dios ha revelado, sea que podamos comprender de manera perfecta Sus caminos, o no.